¿Socialismo o Marxismo?

Carlos Marx y Federico Engels siguen siendo para muchos el principal referente del socialismo. Marx es y será un teórico de enorme importancia histórica, cuya doctrina económica sigue formando parte del curriculum académico en cientos de universidades a nivel mundial.

Tal ha sido su influencia que en el argot político, se asume que todo grupo o pensador que se hace llamar “socialista”, deriva su pensamiento en mayor o menor medida, de la doctrina establecida por Marx, Engels, Lenin y alguno de sus sucesores (Stalin, Trotsky o Mao Tse Tung).

Sin embargo, antes de Marx ya hubo otros teóricos y pensadores que hablaban de socialismo y de justicia social. Inclusive, mucho antes de que se hablara de “doctrinas políticas”, ya habían existido civilizaciones forjadas bajo una premisa socialista. Desde San Agustín hasta Campanella, hasta la experiencia de los jesuitas paraguayos y llegando a los propios preceptos del Evangelio cristiano, el espíritu de la justicia social es tan antiguo como la misma historia del mundo.

Sin embargo, fue el marxismo lo que prevaleció hasta nuestros días, desplazando a todos los demás escritores y teóricos. Prevaleció por haber sido creado en una época propicia, donde todo aquello que fuese “científico” era visto como lo único verdadero, siendo Marx el primero en otorgar un carácter de ciencia a su teoría económica y social.

Si bien el marxismo proporciona un método de análisis de la realidad profundamente completo, el fracaso del llamado “socialismo real” como sistema de gobierno y modelo económico, no radica solamente en problemas de tipo técnico sino fundamentalmente en un error filosófico fundamental. Este error consiste en que el marxismo pretendió combatir los abusos del capitalismo industrial partiendo desde su misma base liberal, negando la espiritualidad del ser humano.

Para los liberales y explotadores surgidos de la revolución industrial, el ser humano no es otra cosa que un fabricante de bienes económicos y materiales. Marx, por el contrario, pretende resolver el problema social recomendando la toma del poder político y económico por parte de la clase explotada en una sociedad robótica y despersonalizada, sin culturas ni identidades. Esencialmente, el marxismo confronta al poder de los industriales un materialismo invertido, que tampoco reconoce la trascendencia de la personalidad humana y que esencialmente reemplaza al patrón explotador por un explotador colectivo, y a la mano invisible del mercado por la puño invisible del gobierno.

En el Tercer Mundo, el marxismo cobró fuerza cuando los movimientos de liberación nacional y descolonización vieron en la Unión Soviética una alternativa para combatir los abusos de las grandes potencias coloniales e independizarse políticamente de los Estados Unidos. Sin embargo, tales movimientos tenían fines independentistas y nacionalistas. Gamal Abdel Nasser, Ho Chi Minh, Lázaro Cárdenas, Salvador Allende y otros referentes de la izquierda anticolonial eran en principio patriotas, no marxistas “auténticos”. Hoy la historia se repite en la juventud que clama: “soy izquierdista porque quiero la libertad de mi país, quiero fuera a las multinacionales y una sociedad mas justa”

Sin embargo, poco tiene esto que ver con el marxismo, que desde sus fuentes clásicas, es incompatible con el ecologismo, los derechos animales, la democracia orgánica y al indigenismo, temas que hoy interesan a un importante segmento de la juventud mexicana y que los partidos izquierdistas promueven mediante el Foro de Sao Paulo. El marxismo es también opuesto a la identidad indoamericana, lo cual ha quedado de manifiesto a raíz de la polémica suscitada después de la Intervención Norteamericana, en la cual Marx y Engels se congratulaban de que México fuese arrojado a la historia bajo el vasallaje de los Estados Unidos, país considerado mas evolucionado.

“En América hemos presenciado la conquista de México, la cual nos ha complacido. Constituye un progreso, que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles, impedido de todo desarrollo y que en el mejor de los casos habría caído en el vasallaje industrial de Inglaterra,  sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México se someta a la tutela de los Estados Unidos. Es en interés de toda América que los Estados Unidos, al ocupar California, predominen ahora sobre el Océano Pacífico”.

[Engels. Del artículo “Die Bewegungen von 1847”, publicado el 23 de enero de 1848 en la Deutsche Brüsseler Zeitung. MEW, t. IV, p. 501.]

El socialismo no es un dogma ni una doctrina sino una forma de hacer las cosas, es realmente la “práctica económica de la justicia social”. Es solo una manera de administrar y gobernar. Para nosotros, la participación popular democrática bajo el liderazgo de una minoría idealista es el camino mas adecuado para construir un cambio auténtico.

La tragedia de América reside en nuestra incapacidad para darnos gobiernos propios, con métodos y maneras propias de desarrollar nuestro potencial. Por eso rechazamos los dogmatismos, remitiéndonos únicamente a las siguientes fuentes:

  1. La tradición nacional sustentada en nuestros pueblos originarios y sus formas de organización social, que sobrevivieron a la conquista española durante un tiempo y conformaron las reivindicaciones sociales reconocidas por el Emperador Maximiliano
  2. La tradición iberoamericana, que tiene su punto culminante con la Revolución Peruana del Gral. Juan Velasco Alvarado y como precedente el ejemplo del Gral. Juan Domingo Perón en Argentina.
  3. Los desarrollos de la teoría de sistemas, la administración de empresas modernas, la sociocracia y la holocracia, democracia directa y participativa.

Lejos de promover revoluciones internacionalistas inspiradas en los mismos preceptos liberales y marxistas, con todos esos “valores” modernos que han sumido en la decadencia al mundo entero, nuestro movimiento construye un socialismo plural basado en el principio de la autoridad y el trabajo comunitario (tequio), pues un pueblo sano es aquel que produce localmente los bienes que consume.

Rompiendo toda clase de tabúes, la propiedad privada, encausada correctamente en la esfera del trabajo, es un motor para impulsar el desarrollo colectivo porque es una institución acorde a la individualidad del ser humano como la unidad social mas pequeña que existe, canalizando las inversiones hacia sectores donde estas faltan, implica la socialización de la gran industria.

Un socialismo donde el gobierno y la burocracia son propietarios de todo, no es un verdadero socialismo sino un simple “estatismo” o “capitalismo de estado”. Una revolución nacional verdadera es por ende anti-capitalista y anti-estatista.

¡Sigue al Frente!

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