La podrida “intelectualidad” del sistema

Desde que Donald Trump obtuvo la Presidencia de los Estados Unidos, los sobrevivientes del rancio grupo de intelectuales del régimen encabezados por personas como Enrique Krauze, Denisse Dresser y Elena Poniatowska, llamaron a “fortalecer al nacionalismo” ante los embates de Donald Trump.

Sin embargo, si analizamos cautelosamente la conducta de ellos y de sus compañeros fallecidos como Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes, surge la siguiente pregunta. ¿Qué clase de nacionalismo o sentimiento de orgullo mexicano puede inspirar este grupo de fantoches que no ha hecho otra cosa que atizarnos con mentiras históricas e ideas cosmopolitas? ¿Qué ejemplo podemos tomar de aquellos que plagian contenidos de otros autores para “coronarse” frente a la sociedad moderna?

Lo único real aquí es que los intelectuales del gobierno utilizan la palabra “nacionalismo” para referirse a una forma de un “patriotismo cívico” de primaria federal con un claro carácter oficialista. Y es que en efecto, para un patriota liberal, la nacionalidad es solo un contrato entre individuos que ha desarrollado una cultura,  un estatus legal determinado por el lugar de nacimiento o por una declaración de las instituciones gubernamentales.

En efecto, en la mente de estas personas, es mexicano cualquiera que tenga una carta de naturalización o haya nacido en México, pues “así lo dice un papel” siempre que haya sido firmado en la oficina de un burócrata. En realidad, es este “patriotismo cívico” el que ha hecho de la patria mexicana un oasis para extranjeros itinerantes que solo están de paso y no tienen intención de hacer su vida en México. En muchos casos, sus descendientes son leales a los países de sus padres.

Entendiendo que el alma nacional no solo reside en el suelo que se pisa ni en un pedazo de papel, sino también en la sangre y esencialmente en el espíritu, este “patriotismo cívico” es enemigo de la nacionalidad por propia naturaleza. Sin embargo, también existen alternativas racistas que desvalorizan el concepto de “nacionalidad” reduciéndolo solamente al “color” de la sangre que corre por nuestras venas. El racismo, al reducir la identidad nacional a una cuestión meramente biológica y mecánica, debe ser descartado como opción, pues en la práctica es igual de materialista que el patriotismo “cívico” al cual dice combatir.

La toltequidad, los preceptos mexicanistas y otros antecedentes de identidad regional, nacional e hispanoamericana que enriquecen nuestra forma de ver las cosas, constituyen un camino libre de racismo para la nacionalización del pueblo, pues reconocen a México como una nación pluricultural, pero sustentada en una pluriculturalidad identitaria, que nada tiene que ver con el banal multiculturalismo de nuestro tiempo.

Fieles al ideal socialista nacional y a los postulados iturbidistas de unidad plural, el frente conforma una minoría idealista destinada a restablecer la antigua grandeza del Anáhuac.

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