Imperio, República y Monarquía

Una de las acusaciones mas frecuentes que el sistema y sus propagandistas lanzan contra del Frente Nacionalista, es la de “monárquicos” y “conservadores” que defendemos la legitimidad de los Imperios de Iturbide y Maximiliano como medio para oponernos al progreso social y a las libertades democráticas.

Para los detractores de la causa nacional, Iturbide fue un oportunista que estableció la Independencia de México para otorgarle al clero la posibilidad de dictar las políticas públicas, a la vez que Maximiliano fue un usurpador extranjero, llamado por unos cuantos traidores para gobernar el país en nombre de los franceses.

Sin embargo, Iturbide dista mucho de haber sido un católico integrista o fanático. Por el contrario, fue mucho mas moderado en su religiosidad que el propio José María Morelos y Pavón, al cual los propios españoles acusaban de ser un religioso extremista, al estilo de Savonarola. Iturbide fue un moderado, cuya visión amplia sobre la grandeza de México le impedía tomar partido por cualquier causa, ya fuese liberal o religiosa.

La historia oficial, manipulada por un gobierno sectario y anti mexicano, ha etiquetado a los partidarios del Imperio de Maximiliano como simples “traidores a la patria” precisamente por haber aceptado o solicitado la autoridad de un Emperador “extranjero”. No obstante, la república juarista jamás fue un corolario de valores justicieros e igualitarios. Al contrario, fue una república de oligarquías y élites laicas, creó latifundios y sometió a nuestro país al control político de Estados Unidos.

El Imperio de Maximiliano, mas que una conspiración de extranjeros, fue la última resistencia del México rural y profundo, del México indígena e identitario, que Juarez tildaba de primitivo y retrógrada. No entienden los historiadores del régimen que bajo una auténtica monarquía, el monarca es representante de la identidad nacional por su propia persona, independientemente de su nacionalidad de origen, lugar de nacimiento o color de piel. las avanzadas leyes en defensa del campesinado a cargo del Segundo imperio, son un fiel reflejo de esta tradición subsidiaria de la Casa de Habsburgo, la mas prestigiosa y progresista de su tiempo.

A diferencia de los republicanos y su ardiente deseo por destrozar nuestra cultura adoptando la anti-cultura del yanqui al norte de la frontera, los partidarios del Imperio recurrieron a una solución que había funcionado correctamente en naciones como Grecia, Rumanía, Italia y Bélgica, que nacieron a la vida independiente ofreciendo la corona a un monarca legítimo, surgido de alguna de las prestigiosas casas imperiales de entonces, con el fin de garantizar la unidad nacional, la concordia y la pacificación. Era necesario que un Imperio Continental tuviese un gobierno monárquico. México estaba y está llamado a la grandeza y a la supremacía, cosa que los republicanos, ensoberbecidos en su pequeñez individualista, jamás pudieron comprender.

Dejando de lado todo debate sobre ideologías, es evidente que la falta de un modelo político acorde a nuestra forma de ser como mexicanos, ha contribuido enormemente a que un México llamado a ser una gran potencia mundial, haya naufragado en la mediocridad. Por tanto independientemente de que nuestro gobierno sea una monarquía o una república, lo imperante es establecer un orden social donde la función pública sea confiada a los mejores elementos de la comunidad nacional, sin amiguismos, cuotas ni compadrazgos. Un orden social nuevo que devuelva al pueblo la fe en el destino de su patria.

En cuando a la monarquía, a raíz de la trágica muerte del Emperador Maximiliano I de México, unificador de las tres dinastías imperiales mexicanas (la Casa de Moctezuma, la Casa de Iturbide y la Casa de Habsburgo), la realidad es que hasta hoy no existe un heredero al trono plenamente reconocido con arraigo nacional, de modo que la restauración de la monarquía tendrá que esperar para mejores tiempos.

De momento, una república social, unitaria y descentralizada (no federal) puede ser una opción de gobierno conveniente y viable como base para construir un sistema de gobierno verdaderamente mexicano, surgido de la tradición nacional.

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