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Pena de muerte y humanitarismo

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Pena de muerte, venganza y “barbarie” son ahora sinónimos a los ojos de las nuevas generaciones, gracias a las mentiras del catolicismo progresista, que falsea las enseñanzas cristianas para beneplácito de los sectores mas liberales, que de católicos no tienen ni un pelo.

En los últimos años, la avalancha de falso humanitarismo ha conquistado el poder en los medios y la política, que han descartado totalmente el restablecimiento de la pena capital poniendo como pretexto a los derechos humanos.

Durante el sexenio de Vicente Fox, los activistas movieron todas sus influencias a nivel nacional e internacional hasta lograr que nuestra legislación quedara “blindada” ante un posible restablecimiento de la pena de muerte cuando se gestaba un clamor generalizado a favor de la misma debido a la intolerable situación de violencia y crimen que devastaba regiones enteras.

So pretexto de los “derechos humanos”, los grupos religiosos ahora dicen que la pena de muerte es sinónimo de asesinato y que de hecho fomenta la sed de “venganza” entre los mas pobres, lo cual no hace sino evidenciar la plena comunión del clero con el imperialismo angloamericano y su sistema mundial de poder.

En cuando al primer argumento, este es fácilmente rebatible, pues jamás se ha considerado como “asesinato” una ejecución legal llevada a cabo tras un juicio justo, a manos de una autoridad legítima. Mientras que Juan Pablo II y Benedicto XVI recomendaban abolir la pena de muerte por motivos prácticos pero defendían su legitimidad conforme a la doctrina de la Iglesia, el Papa Francisco se ha puesto del lado de los humanitaristas y debería obligarse a responder el siguiente cuestionamiento:

¿Si tales ejecuciones no fueron catalogadas como  “asesinatos” en dos mil años de historia cristiana, por qué lo serían ahora?

En cuanto al segundo argumento acerca de la venganza, se trata de un asunto mas complejo. Aún así, sobra decir que solo la víctima podría estar facultada para “perdonar” al delincuente, lo cual no es posible cuando esta ya no está presente. En todo caso, aún si la víctima siguiera con vida, esta solo podría perdonar al criminal en cuanto a “su intención” de hacerle daño. Independientemente de que la víctima perdone o no a su victimario, el Estado estaría obligado a retribuir al criminal por un daño personal y colectivo que en muchos casos ya no puede ser resarcido.

Además, la protección del bien común no radica solamente en hacer “reformas” tímidas al sistema de justicia. Por el contrario tales medidas son solo un juego de mesa a menos que se elimine físicamente a aquellos elementos dañados de nuestra sociedad, ya que su presencia entre nosotros provoca por si sola un perjuicio general a la comunidad, independientemente de que tales delincuentes se encuentren presos en una cárcel o deambulando libres en las calles.

Otro argumento no tan usado por los grupos religiosos pero si por los humantaristas laicos, es que el criminal delinque como consecuencia de los traumas y desventajas económicas que ha vivido desde su niñez, pero seamos honestos: millones de mexicanos decentes han sido víctimas de maltrato y pobreza. Este argumento se desmorona en dos segundos.

Al escuchar cómo las voces mas influyentes en el campo de la educación, la ciencia, la psicología y la religión parecen haber abrazado la causa de la abolición de la pena de muerte como si se tratase de algo incontestable, no debemos ni podemos quedarnos callados.

Una sociedad que considera al delincuente como un enfermo que debe ser curado de sus traumas psicológicos y no como un criminal que merece, en primer lugar, un castigo, es una sociedad que ha perdido completamente el sentido de la justicia.

Por ese motivo, los nacionalistas pugnamos por el desconocimiento de todo convenio internacional que impida a nuestro país el aplicar la pena de muerte a homicidas, secuestradores, torturadores, mafiosos, defraudadores y violadores.

Erradicar físicamente a estos individuos mediante leyes adecuadas y un sistema judicial eficiente, constituye un acto de reverencia hacia las víctimas, un medio para infundir el temor entre aquellas personas proclives a delinquir y una demostración de justicia práctica para bien de la colectividad