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Conciencia de Raza

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José Vasconcelos fue el mas grande pensador mexicano en los primeros años del Siglo XX. Conciente del agotamiento del sistema porfirista, participó al lado de Madero, viviendo la interminable sucesión de tragedias que siguió a la caída de Díaz. Cuando escribió este ensayo, la Revolución agrarista de Villa y Zapata había sido secuestrada por un grupo de burócratas citadinos, cuyo régimen de corte soviético convirtió al país en otra pieza mas de la gran finanza internacional.

“Conciencia de raza” es entonces una reacción al PRI demagógico y corrupto que acabó arrojándose a los brazos de Estados Unidos a los pocos meses de desaparecer la unión Soviética, terminando con toda falsa ilusión de independencia y no alineamiento. Es el permanente recordatorio de que México requiere una forma de gobierno acorde a la naturaleza de su pueblo. He aquí este texto tan vigente y de tanta trascendencia como lo fue en su tiempo.


“Hoy que tanto se habla de la exigencia marxista de acentuar en la nación la conciencia de clase, conviene examinar si hay otro género de conciencia más necesario para el adelanto de los pueblos.

La lección que entre nosotros se repite: “conciencia del proletariado” y “lucha de clases”, no es otra cosa que una traducción de la propaganda judeo-neoyorquina que ha estado contaminando y dominando nuestra Revolución, haciéndola estéril.

Por haberse privado a la Revolución Mexicana del concurso de sus intelectuales, esta ha caido en la miseria mental de los dos o tres marxistas que líderes fantoches promueven mediante los corresponsales de segunda de la prensa norteamericana. A pesar de que en estas latitudes el tema del “class conciousness” ha sido archivado, se siguen todavía elaborando entre nosotros ensayos, discursos de tercera y reportazgos de cuarta clase, colocados frecuentemente en la primera plana de nuestros acobardados órganos de prensa.

¿Conciencia de clase? Para comprender mejor lo vacío, estéril y artificial de este vocablo, bastará con que le pongamos las dos palabras que sirven de título al presente artículo: ¡Conciencia de raza!

Y comenzaremos por decir que la creación de una conciencia de clase supone la división inexacta de los habitantes de una nación en proletarios y capitalistas, ricos y pobres; una división a base de economía que, por lo mismo, deja fuera de su órbita una infinidad de factores importantes, además de que la ya citada división entre ricos y pobres, obreros y burgueses, depende de diversas circunstancias que pueden cambiar constantemente. Por ejemplo, basta con que un proletario se haga dueño de una parcela en el campo o de una casa en la ciudad, para que ya no pueda ser considerado como un verdadero proletario.

Al mismo tiempo, sería un absurdo imaginar que la “conciencia de la clase proletaria” es un deseo de mantenerse en tal estado proletario, siendo inadecuado pretender que se “asiente” en la conciencia una “conciencia” de perpetuar tal deseo, pues resulta obvio que la inferioridad económica de la clase proletaria es algo que no se quiere ver perdurar ni mucho menos ese ese el deseo de los proletarios. De suerte que, antes que fomentar la conciencia de clase, debiera estimularse a todo el mundo para salir de ese estado proletario, para hacerse propietario, y comenzar, en forma efectiva, la liberación económica que todos deseamos ver cumplida en cada uno de los miembros de un pueblo.

Acabar con el proletariado, por virtud del aumento de la riqueza y su mejor distribución, es el anhelo de todo hombre de bien. Y la conciencia de clase en el sentido en que la predica el marxismo, es un estorbo para este tránsito hacia la clase acomodada, pues no se desea entrar a aquello que comenzamos por odiar. Por lo tanto, la conciencia de clase fomenta que las personas sinceras comiencen a desear la destrucción de la riqueza para que no haya ricos, lo cual es una aberración, puesto qué el fin de la economía como ciencia, es que todos lleguen a ser ricos. Y en cuanto a las personas que no son sinceras, la conciencia de clase los conduce a la hipocresía de proclamarse “abanderados” de los proletarios al mismo tiempo que arañan tesoros, viviendas, terrenos o haciendas, siguiendo el modo de nuestro líder típico. Y, en suma; la conciencia de clase no es otra cosa que un arma de combate cuya calidad es baja al envenenar y corromper la contienda, como ya hemos visto.

Consideremos ahora, en oposición a la conciencia de clase, las ventajas que tendríamos si conquistáramos la conciencia de la raza a que pertenecemos. El nacionalismo, que como tabla de salvación ante el naufragio que representan los tambaleantes valores que hoy se propagan por todo el planeta, no es realmente una novedad entre los civilizados. Todas las naciones prósperas, grandes y civilizadas han practicado sin cesar, el culto de los antepasados y de la tradición. Constituye este culto el fundamento del orgullo ciudadano y de la confianza en las aptitudes de un pueblo. Por ejemplo, nunca hubo pueblo más nacionalista que el romano. De hecho, fue su nacionalismo vigoroso y amplio lo que le permitió dominar al mundo. Era un nacionalismo de raza y de idioma. En el mundo moderno es conocido de todos el orgullo inconmovible de los ingleses. Por donde van, los ingleses se sienten superiores, y su sentido de superioridad no se funda precisamente en el poderío de su nación. Más bien se podría decir que ese poderío procede de su orgullo racial, ya que su conciencia de raza ha sido clara e intransigente, dominando los mares y los continentes. Y si preguntáramos a un inglés qué cosa es la que mas le enorgullece en lo mas profundo de su sentir patriótico, nos daremos cuenta que no le interesa tanto la extensión de sus dominios sobre el mapa sino la satisfacción de estar unido a la sangre que produjo a Shakespeare. Conocida es la cuestión que dice que ningún inglés podría tomar una decisión fácilmente si se le diera a escoger entre renunciar a Shakespeare o al Imperio de la India, ya que el Imperio de la India es un azar de la guerra; pero la gloria de Shakespeare es parte de la esencia misma del temperamento inglés. Los Estados Unidos han estado dominados, en toda su época constructiva, por la “conciencia de raza” del puritano que se creía y se sabía mejor que los demás en la fuerza del carácter, la austeridad de la costumbre y la claridad del juicio práctico. Tampoco hay pueblo más celoso de su pureza de sangre, de su gálica tradición, que el pueblo francés contemporáneo.

De propósito señalo estos ejemplos, antes de referirme al orgullo actual del italiano, el alemán, porque el sentido de la raza, la conciencia de pertenecer a una rama ilustre del linaje humano, es algo mucho más viejo, más firme, más perdurable y fecundo que todos los fascismos y nazismos de la época. En rigor, se puede afirmar que, el haberse asentado en los firmes valores de la tradición y el haber rescatado el orgullo de la casta, es la fuerza principal de nazismos y fascismos. Por dondequiera que se revise la Historia se observa que el orgullo racial ha sido no sólo una fuerza de cohesión, sino también un ímpetu que ha impulsado los grandes progresos, pues no solo ayuda el sentido de raza a los pueblos en su marcha hacia adelante sino que también los salva de sus desastres, como en el caso de los judíos, tan empeñados en destruir los nacionalismos de los pueblos cristianos, pero celosos, como ninguno, del nacionalismo israelita que les ha permitido sobrevivir a persecuciones seculares.

Por otra parte, en cuanto a la clase entendida como posición económica, se sale fácilmente. La gran virtud de la democracia es que permite consumar saltos y acomodamientos que dependen de la economía. Pero de la clase como raza, no salimos. Ningún esfuerzo educativo o político hará de un negro un blanco, o de un indio un chino. La raza es un molde relativamente fijo dentro del cual tenemos que desenvolvernos del mejor modo posible. No sólo es inútil sino también banal y estéril pretender negar la raza. De hecho, el mayor de los males perpetrados contra nosotros por las fuerzas empeñadas en destruirnos, es haber desprestigiado en nuestro medio las ideas de raza e idioma. Sin embargo, constituimos una raza peculiar y única, de modo que sólo podremos desenvolvernos el día en que toda la nación adquiera lo que le está haciendo falta desde hace más de un siglo y nadie le ha predicado: la conciencia de su propia trascendencia como célula biológica en el vasto organismo de la humanidad. Por desgracia, los escritores que viven entre nosotros están contaminados de aspiraciones políticas, cayendo siempre en la aberración de ignorar o negar el factor de la raza. Cuando la citan o mencionan, solo lo hacen con el fin de menospreciarnos.

Por eso, frente a la corriente extranjerizante y malévola que hoy explota los conflictos “de clase”, he opuesto yo desde hace años, mi tesis de la raza cósmica, que es una manera de señalar el fenómeno que constituimos los mexicanos. Un mestizaje que antes de aspirar a convertirse en universal, debe primero integrarse en lo que es, o sea una variedad de lo hispánico, en la cual lo indígena no debe ser oposición como lo quieren nuestros enemigos, sino vena de cobre que, al integrarse en nuestros ánimos, solidifica el carácter, irisa la imaginación.

La raza bien puede ser una cárcel, pero de ella no se sale y, por lo mismo, es menester limpiarle los pavimentos, levantarle muros y torres para asomarnos por ellas al mundo…”

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