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Imperio, República y Monarquía

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Imperio Mexicano, fue el nombre que nuestro país adoptó al independizarse de España en 1821. Aunque la república se implantó al poco tiempo, fuimos vistos como un Imperio sin Emperador.

Y en esta época, una de las acusaciones mas frecuentes que el sistema y sus propagandistas lanzan contra del Frente Nacionalista, es la de “monárquicos”.

Para nuestros detractores, los nacionalistas somos “conservadores” al servicio del clero, tal como si los Imperios de Iturbide y Maximiliano hubiesen sido regímenes retardatarios, opuestos a toda forma de progreso social y equidad, lo cual dista mucho de ser verdad.

Para el grupo de historiadores priistas que ha redactado los libros de texto desde hace décadas, Iturbide fue un oportunista que estableció la Independencia de México para otorgarle a la Iglesia Católica la posibilidad de dictar las políticas públicas.

De igual manera, el régimen ha venido caracterizando a Maximiliano como un usurpador extranjero, llamado a México para gobernarnos en nombre de los franceses, por un comité de traidores.

Sin embargo, Iturbide dista mucho de haber sido un católico integrista o fanático. Por el contrario, fue mucho mas moderado en su religiosidad que el propio José María Morelos y Pavón, al cual los propios españoles acusaban de ser un religioso extremista, al estilo de Savonarola. Iturbide fue de hecho un moderado, cuya visión amplia sobre la grandeza de México le impedía tomar partido por cualquier grupo político, aún si esto implicaba enfrentarse al Vaticano.

La historia oficial, manipulada por un gobierno sectario y anti mexicano, ha etiquetado a los partidarios del Imperio de Maximiliano como simples “traidores a la patria” precisamente por haber aceptado o solicitado la autoridad de un Emperador “extranjero”. No obstante, la república juarista jamás fue un corolario de valores justicieros e igualitarios. Al contrario, fue una república de oligarquías blancas y terratenientes blancos, cuya intención original era integrar todo México dentro de los Estados Unidos de América.

El Imperio de Maximiliano, mas que una conspiración de extranjeros, fue la última resistencia del México profundo, del México indígena e identitario, que Juárez tildaba de primitivo y retrógrada.

Al igual que los corruptos republicanos españoles que desde su cómodo exilio formaron nuestro sistema educativo, los historiadores del régimen jamás entenderán que bajo una auténtica monarquía, el monarca es representante de la identidad nacional por su propia persona, independientemente de su nacionalidad de origen, lugar de nacimiento o color de piel.

Las avanzadas leyes en defensa del campesinado a cargo del Segundo imperio, son un fiel reflejo de esta tradición subsidiaria de la Casa de Habsburgo, la mas prestigiosa y progresista de su tiempo.

A diferencia de los republicanos y su ardiente deseo por destrozar nuestra cultura adoptando la anti-cultura del yanqui al norte de la frontera, los partidarios del Imperio recurrieron a una solución que había funcionado correctamente en naciones como Grecia, Rumanía, Italia y Bélgica, que nacieron a la vida independiente ofreciendo la corona a un monarca legítimo, surgido de alguna de las prestigiosas casas imperiales de entonces, con el fin de garantizar la unidad nacional, la concordia y la pacificación. Era necesario que un Imperio Continental tuviese un gobierno monárquico. México estaba y está llamado a la grandeza y a la supremacía, cosa que los republicanos, ensoberbecidos en su pequeñez individualista, jamás pudieron comprender.

Dejando de lado todo debate sobre ideologías, es evidente que la falta de un modelo político acorde a nuestra forma de ser como mexicanos, ha contribuido enormemente a que un México llamado a ser una gran potencia mundial, haya naufragado en la mediocridad. Por tanto independientemente de que nuestro gobierno sea una monarquía o una república, lo imperante es establecer un orden social donde la función pública sea confiada a los mejores elementos de la comunidad nacional, sin amiguismos, cuotas ni compadrazgos. Un orden social nuevo que devuelva al pueblo la fe en el destino de su patria.

En cuando a la monarquía, a raíz de la trágica muerte del Emperador Maximiliano I de México, unificador de las tres dinastías imperiales mexicanas (la Casa de Moctezuma, la Casa de Iturbide y la Casa de Habsburgo), la realidad es que hasta hoy no existe un heredero al trono plenamente reconocido con arraigo nacional, de modo que la restauración de la monarquía tendrá que esperar para mejores tiempos.

De momento, una república social, unitaria y descentralizada (no federal) puede ser una opción de gobierno conveniente y viable como base para construir un sistema de gobierno verdaderamente mexicano, surgido de la tradición nacional.