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Conservadores y ultraderechistas

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Conservadores y derechistas han gobernado en conjunto con la izquierda liberal desde la caída del Muro de Berlín en 1989, convirtiéndose de hecho en un solo partido político mundial, con dos caras.

Hace ya varios lustros, el Presidente Ernesto Zedillo, en su lamentable y memorable participación en el Foro Económico de Davós, alertó a los usureros internacionales sobre una alianza entre la extrema derecha y la extrema izquierda para “sabotear” la globalización y el libre comercio.

Sin embargo, lo que se vive desde esos años, mas que una pugna entre “derechas” e “izquierdas”, es una lucha donde los pueblos, las sociedades y las naciones combaten por su libertad contra un gobierno mundial que se vale de controles financieros y cúpulas burocráticas para someter a las masas.

Por tanto, el nacionalismo auténtico no puede ser visto como una simple vertiente de la “ultraderecha”, pues de poco sirve la defensa de valores religiosos o morales que hacen los conservadores de nuestro tiempo, cuando prevalecen en todas partes las injusticias sociales, la desigualdad económica y la corrupción política.

Los partidos de derecha e izquierda han tenido muchas oportunidades de redimirse y desde hace décadas no han mostrado otra cara que no sea la de la guerra, la corrupción, el saqueo y la muerte en nombre de las libertades individuales y la hermandad mundial, lo cual no debe sorprendernos, pues como buenos “herederos” del pensamiento filosófico de la Revolución Francesa, no ven en el ser humano otra cosa que no sea un valor monetario.

Los panistas y otros grupos de la derecha actual no tienen nada que ver con los combatientes del Partido Conservador que lucharon contra Juárez en la “Guerra de Reforma” y permanecieron fieles al lado de Maximiliano. De hecho, aquellos conservadores mexicanos defendían la soberanía e identidad nacionales frente a los valores cosmopolitas del Partido Liberal, que consideraba a los indígenas como símbolo de atraso. De hecho, el odio y desprecio hacia nuestras raíces indígenas puede palparse en los textos escritos por Melchor Ocampo, Miguel Lerdo de Tejada, Valentín Gómez Farías o hasta al propio Benito Juárez.

Eduardo Galeano, en su insuperable libro “Las venas abiertas de América Latina”, título que cualquier militante honesto de la izquierda conoce, reconoce que a pesar de sus excesos clericales, conservadores mexicanos como Lucas Alamán fueron de hecho los promotores del Banco de Avío, los partidarios iniciales de los derechos obreros y los primeros propulsores de una reforma agraria a favor de los pobres, lo cual los hace mucho mas cercanos a la izquierda hispanoamericana de nuestro tiempo, que los liberales a quienes se prestan homenajes cívicos.

Los conservadores de ahora, a diferencia de aquellos patriotas, no sino sino hipócritas de sacristía que aprovechan la religión y la moral para defender los privilegios egoístas de una burguesía que ha repudiado completamente el mas mínimo patriotismo e identidad nacional de sus vidas. A diferencia de ellos, los nacionalistas no defendemos la moral por simple nostalgia ni mucho menos para “conservar” lo poco que queda de un orden que ya no existe, sino porque entendemos que la ley natural debe ser la base de toda sociedad humana y que los preceptos religiosos son la visión espiritual de esta ley natural.

A diferencia del típico conservador panista que viaja a Las Vegas para gastarse el dinero del pueblo en casinos, los nacionalistas estamos resueltos a desmontar las estructuras de explotación del sistema capitalista que ha legalizado el aborto y ha promovido la promiscuidad para convertir a millones de jóvenes en una masa de irresponsables para los cuales no existe otro motivo para vivir que obtener placer sexual, obtenido inclusive a costa de la vida de otro mexicano.